Empecé a escribir esto con otra intención después de ver Nanette, un monólogo de Hannah Gadsby que podéis/debéis ver en Netflix. Pero no quería hacer una sinopsis, ni quería tratar de hablar otra vez de un tema que se ha abordado de una manera, a mi parecer, brillante.
Había almacenado suficiente información en mi cabeza, había hablado con mis amigas, con gente que lo había visto, ¿qué tema debía tratar? ¿Cuál de todos me daba la confianza suficiente para expresar con seguridad lo que quería decir? ¿Tenía la experiencia precisa?
No, no la tengo. Pero he convivido con quienes la han adquirido. Y hoy quiero hablar de ellos.
Por todas mis amigas y mis amigos, amigues de, conocides, que se han colado en las historias que a lo largo de estos años he escuchado con cuidado y atención. Por les que seguís apareciendo.
Hablo desde el privilegio que me otorga no haber sentido miedo.
Escribo desde un lugar distinto al que estábamos entonces para pediros perdón.
Perdón si no entendí las razones de vuestra vergüenza. Si intenté, en algún momento, quitarle importancia con humor a vuestros miedos cuando no correspondía. Por creer que la valentía es un movimiento ligero y obvio. No pretendía juzgar vuestra aceptación, no intentaba apartar la vista.
Siempre traté de ser vuestra conexión con la realidad que intentaban negaros. Nunca quise centrarme en otra parte de la historia.
Esas, dice Hannah, son las partes que importan: las conexiones. Eso es lo que mantiene nuestros pies en la tierra y no otra cosa. Es lo que nos saca del hermetismo y nos da valor.
Vivir con miedo es habitar en un dragón atrapado en un castillo.
Tenemos que contar nuestra historia bien, para no repetirla.
Yo solo hablo desde el privilegio que me otorga no haber sentido miedo.
Escribo desde la posición que adopté para no tener nunca que volver atrás.

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