La masculinidad, parte fundamental en una estructura heteropatriarcal, parte desde una posición de privilegio. No deja de ser una construcción sociocultural y política; es decir, la sociedad impone una serie de características y normas que los hombres tienen que seguir o cumplir. Por lo tanto, no son naturales, no son biológicas; y por el hecho de ser construidas, pueden cambiarse.

La masculinidad nace desde el momento en el que nace el binarismo de género: interpretamos que los hombres tienen unas características físicas, que son imposibles de cambiar, determinantes en su manera de actuar. En una sociedad patriarcal y heteronormativa la masculinidad es la vara de medir el resto de las acciones, y la feminidad, en cambio, es la parte débil, que no es sólida, que se tambalea. En otras palabras, la masculinidad se ha construido desde una relación de poder.

El antropólogo escocés Víctor Turner ha trabajado el tema de la masculinidad, en este caso, por ejemplo, en espacios como el fútbol: “El fútbol es uno de los marcos más significativos y densos en el que se recrea, se construye y se vive la masculinidad tradicional andocéntrica, entendida más concretamente como machista, homofóbica, misógina y prepotente”

¿Por qué hablo del fútbol? Porque el fútbol se ha convertido claramente en un marco en el que los hombres pueden expresar libremente una masculinidad, como dice V. Turner, machista, homófoba y racista. Los campos de futbol son espacios donde expresarse de forma salvaje con la justificación de que “el fútbol es así”.

Al igual que el “fútbol es así”, desde una visión masculina hegemónica* nos encontramos con justificaciones como “es que la sociedad es así”: una sociedad construida en la desigualdad y con una pirámide que atribuye poder y privilegios según al género al que dice que pertenecemos.

Cuando especifico lo de masculinidad hegemónica, es porque hay mil maneras de ser y sentirse hombre, pero no todas están igual de aceptadas. Al igual que las mujeres que no cumplen las normas de feminidad son castigadas, los hombres también. Un hombre que es femenino, aunque siga estando en una posición de poder, está expuesto a violencia, acoso…

El feminismo trabaja también en un discurso con el que hacer frente a esa heteronorma y masculinidad. El patriarcado es quien ha colocado a los hombres en esa posición de poder y ellos se han aprovechado de ello, no han negado esa realidad. Es el feminismo quien pone en duda esa pirámide. Cuando el feminismo pone en el punto de mira esos privilegios, es cuando los hombres se sienten incómodos y es una buena señal: siendo conscientes de lo que conlleva ser hombre en una sociedad patriarcal, puede ser suficiente motivación para seguir deconstruyendo esa identidad. En definitiva, un desempoderamiento que parte de que ellos sean conscientes de que están un escalón más arriba por el simple hecho de haber nacido hombres.

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