Joder. Es que cada vez que veo una película comercial me pongo mala. Si bien es cierto que, lentamente, damos pasitos hacia nuevas representaciones, la gran mayoría del cine carece de personajes femeninos, no sé… algo así como REALES.

Seamos honestos; las problemáticas, motivaciones, etc. de los personajes femeninos en el cine y la televisión son así como tristes, deprimentes y llegan a rozar lo ridículo. Están tremendamente limitados en la mayoría de los roles que se muestran. Somos trofeos, madres, villanas. Somos “LA CHICA”.

Tal y como dice el documento “¿Somos las mujeres de cine?”: “La mayoría, un 80 por ciento al menos de las películas que vemos están protagonizadas por hombres. Los varones van y vienen, viven historias, relaciones o enfrentamientos intensos entre ellos, aventuras interiores y exteriores, ellos descubren y exploran, descubren mundos, salvan al planeta y, por supuesto, se quedan con la chica.  Y, ¿qué es la chica? Un apartado en la historia de él. Ella carece de interés por sí misma. Es solo un capítulo en la vida del protagonista. Su significado depende de que él la elija“.

Gran parte de estos tópicos no surgen porque la industria tenga la intención de despreciar al público femenino, sino porque está más preocupada por cumplir con las fantasías y “necesidades” del público masculino. Según un estudio de la Academia de Cine de Nueva York, un escaso 10% de las películas muestran a los hombres tratando a las mujeres como iguales. Y, por supuesto, en casi un tercio de ellas el rol de las mujeres tienen un componente sexual, hasta aparecen semidesnudas.

Ante este panorama, el feminismo toma una serie de preguntas planteadas por Allison Bechdel en una tira cómica en 1985 para hacerse una idea de la representación de las mujeres en las películas de Hollywood.

Aunque en un principio útil, el test queda algo desactualizado, ya que una película en la que se cumpla puede ser tremendamente machista, y viceversa (aun así, cuesta encontrar películas que lo pasen, todo ha de decirse). Por ello, distintas creadoras han propuesto una serie de test que se pueden aplicar a las películas. En ellos se tienen en cuenta cuestiones como si detrás de las cámaras hay paridad, si hay el mismo número de personajes secundarios femeninos, si hay mínimo un personaje femenino que sea negro, que esté en posición de poder y que tenga una relación sentimental sana, etc.

Entre todos estos test, mi favorito es el de “La lámpara sexy”; en él, la escritora de cómics Kelly Sue DeConnic; propone sustituir a los personajes femeninos existentes por una lámpara bonita y ver si la narración varía lo más mínimo. Como puntualmente el personaje femenino portaba información, el test se amplió a “el test de la lámpara sexy con un post-it”. Muy fan.

Debido a esta escasa representación, las mujeres aprendemos a disociar nuestro género de la película que nos están contando y centrarnos en los sentimientos, deseos, motivaciones, preocupaciones del héroe. En definitiva, aprendemos a identificarnos con la esencia del personaje, tenga el género que tenga. Sin embargo, es algo que a cualquier hombre blanco, cisgénero heteronormativo no le hace falta hacer. Si bien es cierto que puede no identificarse con la testosterona a chorro que nos escupen en las películas de acción, no les es difícil encontrar modelos que encajen más con su perfil. Sus historias han de ser las nuestras, pero las nuestras no son las de ellos.

Cine “para mujeres”, literatura “para mujeres”, bolis “para mujeres”. Nos tratan como un ser de otro mundo con mente colmena. Porque claro, al ser “mujeres” nos comportamos de la misma forma, tenemos todas las mismas aspiraciones y respondemos a los estímulos igual, obviamente. Se crea un abismo en el subconsciente colectivo, pues dejan de identificarse con nosotras, como si nuestro género abriese una barrera intergaláctica que imposibilite la identificación.

Si solo podemos ser mujeres cañonazo entre los veinte y treinta (porque las mujeres que pasan de esa edad directamente no existen, o se convierten directamente en madres o abuelas), personas manipuladoras, dependientes y, lo más importante, que sólo se mueven por intereses asociados a hombres (si es que se mueven)… pues mira, ni los hombres ni nosotras mismas nos sentimos identificadas.

No debemos olvidar la importancia de la representación, sobre todo en la infancia. Hay muchísimas personas que comienzan con una afición (como tocar un instrumento, escribir o realizar algún deporte) simplemente porque su personaje de dibujos favorito lo hacía. Se sentían identificados con él, lo admiraban y lo emulaban. Básicamente, a veces encontramos (no solo en la infancia) la motivación necesaria para ser quienes somos debido a un personaje de ficción que marca la diferencia.

Lo mismo puede aplicarse al colectivo LGTBI, las personas no-blancas…. La cultura es un espejo de la realidad, y la realidad es un reflejo de la cultura. Si no incorporamos nuevos modelos que nos muestren realidades más diversas, tropezaremos irremediablemente en el camino hacia una sociedad más igualitaria.

Basta de mujeres dependientes, latinas explosivas con marcado acento, negras prostitutas o criadas, transexuales (sobre todo mujeres) de las que los hombres se avergüenzan por sentirse atraídos por ellas (porque para ellos no son “ellas”, sino “ello”) y un largo etc. Basta de estereotipos manidos, ridículos, ofensivos y que perpetúan la ignorancia y la segregación. Queremos que se reconozca nuestra existencia real (más allá de la mirada masculina) y, para ello, debemos sentirnos reflejades y representades.

Publicidad
tienda

Comenta

Por favor escribe tu comentario
Escribe tu nombre

20 + = 30

* Se requiere casilla de verificación RGPD

*

Estoy de acuerdo