Desde que comencé este camino a entender la sexualidad como algo más complejo que unas simples etiquetas, me obsesioné con un caso de estudio muy complejo pero a la vez muy simple: Los heterosexuales.

Por lo que me concentré en demostrar que la sexualidad era algo más que una etiqueta, y que era algo de lo que uno podría aprender sobre si mismo, algo con lo que experimentar sin un manual de instrucciones, totalmente libre y sin presiones.

Para ello debía “camuflarme” y entender un poco más la posición de los chicos heterosexuales, de esconderme sigilosamente para ver bien de cerca como encontrar esos puntos que ellos mismos creen que los hacen débiles (porque no, no tienes que ser demasiado “hombre” para esta sociedad) y así explorar esos límites.

Por lo que llegué a entender que los heterosexuales, bajo una presión como si se tratara de un vagón de metro en el centro de Madrid a hora punta, no llegaban a deshacerse de las leyes sociales impuestas y sentían la necesidad de mantener una actitud masculina que no sembrara dudas a ojos ajenos para no temblar el suelo donde se alzaba su frágil estatus social.

Pero yo quise meter el dedo en la herida, urgar y que escociese un poco para demostrar, una vez más, que la heterosexualidad es frágil. Para ello, me cree un perfil en Tinder fingiendo ser una mujer cuando solo era un maricón pintado (otro más).

Al principio pensaba que iba a fracasar. Desplacé unos cuantos perfiles a la derecha y me acosté sin pensar en lo que sucedería.

Cuando me desperté, tenía unos 20 match, y muchos de ellos eran de lo que denomino “Hetero Básico Standard” (hombres masculinos, con fotos sin camiseta y eso, muy hombretones, de los que les parecen que las mariconadas deben ser las justas). Todo funcionaba perectamente.

Las reglas eran sencillas, solo dar matchs, mantener algunas conversaciones, pero no ir más allá, pues no se trataba de ser un catfish ni de tener citas, sino de demostrar que siendo “hombre” y construyendo mi propio género, podía colarme dentro de lo que ellos consideraban su espectro sexual, y desde dentro, derrumbarlo.

Al principio me dió tanta impresión que lo dejé a un lado, pero una semana después, cada match que daba era un match mutuo. En solo tres días de uso tenía 50 matchs mutuos.

Comencé a dudar de mí, de lo que estaba haciendo. Pero no, el juego es más sencillo, pues se trataba de una aplicación, un espacio algo más seguro donde las dudas ganaban la batalla y donde la fragilidad termina por virar la heterosexualidad hasta desmenuzarla, porque sí, la curiosidad no mató al gato, sino al hetero (Y si no que me lo digan a mí)

Y en esta aplicación, no existían ojos críticos que juzgaran, en este mundo virtual, la presión social no formaba parte de la ecuación, por lo que, uno es más libre cuando no se siente observado.

Por lo que me demostraba a mí mismo una vez más que la sexualidad no es una etiqueta que te aprieta, que no es algo fijo, férreo e inalterable, y que cuando más refuerzas el propio discurso que te presiona, más ganas tendrás de gritar en un cuarto oscuro para liberarte.

Por lo que las conclusiones eran claras, yo había atraído a esos hombres, les estaba haciendo ser un poco más libres, y en mi lugar, sólo quedaba pensar que ligaba más con mi apariencia femenina que como “hombre”.

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